Lo confieso. Por mucho que lleve 10 años dentro de este proceso de conectar cada vez más a mi, responsabilizarme de mi vida y ser fiel a mi sentir, hay veces que mi ego gana la batalla.
Veo cómo voy conduciendo el coche y el mundo me molesta: la gente va despacio, los coches demasiado pegados, la música que suena no me gusta… y es ahí, justo en ese momento, donde me hago la pregunta que lo cambia todo. Entendiendo que cuanto más enfado o rechazo le tengo al mundo más enfado o rechazo me tengo a mi misma, ¿en qué aspecto o ámbito de mi vida no me estoy permitiendo SER? ¿Qué situación he vivido que no he reaccionado como realmente me nacía?
No siempre obtienes la respuesta en el momento, de hecho la mayoría de las veces me pongo mil excusas para no afrontar la realidad. Pero ahí llega el segundo paso: delegar en Dios. Cuando no tengas claridad en tu vida o aquello que esté sucediendo no te brinde paz, pídele a Dios que te muestre la verdad, el mensaje tras ese acontecimiento y créeme que de un segundo a otro (si estás atento y conectado al presente) te lo dará.
Deja toda expectativa de lado, en muchas ocasiones no sabemos lo que necesitamos en ese momento pero créeme que la forma en que Dios considere que debe mostrarte el mensaje es perfecta. No lo juzgues, no te excuses, deja que te lo muestro y una vez lo veas claro, llegamos al último paso: pídele que te de más de eso, de ese sentimiento. Sólo cuando realmente hayas sentido con la mayor intensidad, todo el dolor, rechazo y hayas visto el mensaje con la mayor claridad posible, sólo entonces, desaparecerá pues ya no tendrá sentido mostrártelo.
